jueves, 4 de abril de 2013

ALMA, DESPEDIDA Y CIERRE



En 1948, con motivo de la celebración del segundo centenario de la independencia de Estados Unidos, se encargó a varios autores que escribieran algún relato corto con el tema The Bicentennial Man, el cual podía desarrollarse libremente. Ocurre que en inglés esta expresión puede interpretarse como "El hombre del Bicentenario" (la vida de la gente en EEUU doscientos años después de la Declaración de Independencia) o como "El hombre bicentenario" (un hombre que llega a vivir doscientos años).
 
Jugando con esta ambigüedad, Issak Asimov, que fue uno de los autores que recibió dicho encargo, renunció a hacer un ensayo sociológico y, argumentando que "un hombre no podría vivir tanto tiempo", escribió un relato corto acerca de un robot que poco a poco va asimilando el mundo de los humanos hasta desear ser reconocido como uno de ellos, lo cual lo lleva a luchar por obtener su humanidad de manera legítima.

 
Cuando no existía la tecnología, intuitivamente el alma del hombre estaba en el corazón.

Un órgano que se acelera y late (toc, toc, toc…toctoctoc..), capaz de ser detectado con el que probablemente sea uno de los órganos de los sentidos más antiguo, el oído.

Alma activa, que reaccionaba y se sentía, podía desvelar  nuestro estado de ánimo, nuestro sentir más intimo, con la acción de una prueba física, que se expresaba con letra y música, en sintonía.

Después la famosa frase “los ojos son el espejo del alma”, nos situó el alma un poco más arriba, justo detrás de los ojos, escondida, expectante, pero vigilante y proactiva; todavía con posibilidad de reacción.

Y ahora, la frialdad de las “nuevas tecnologías” nos ha hecho creer que a lo mejor el alma, que reside en un centro neurálgico concreto, en el cerebro, ese órgano frío y calculador, impersonal, que no suena, que no late; con letra, sin música, que no se percibe como algo vivo y que podría ser sustituido por otro tipo de contenedor, como un robot.

Quizá, eso es lo que nos hace creer que un robot puede sustituir a una persona, podría ser el contenedor de un alma.

Personalmente no lo creo, independientemente de que el alma pueda residir físicamente en un corazón, un cerebro o un robot, el alma prefiere algo caliente, que la motive, que la intrigue, imprevisible, capaz de lo mejor y lo peor, con la esencia de la rebeldía, eso es lo que la define, la hace diferente y única. En realidad todo vuelve intuitivamente al corazón, es innovador el hecho de volver a un estado anterior y necesario recordarlo en los tiempos que corren.
 Por tanto, mientras un robot se haga en serie, frío y sin corazón,  el ser humano puede respirar tranquilo…y un médico también.

Por: Susana Bueno

 

 

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